En la República Democrática del Congo (RDC), la biodiversidad local se ha visto gravemente alterada por la introducción de organismos modificados genéticamente (OMG) y de especies exóticas en el marco de programas humanitarios puestos en marcha tras las crisis y los conflictos armados en la región. Estas intervenciones, destinadas a hacer frente a emergencias alimentarias, han tenido, sin embargo, consecuencias ecológicas inesperadas, entre ellas la alteración de los ecosistemas y la desaparición progresiva de algunas especies locales.
En este contexto, las mujeres indígenas desempeñan un papel fundamental. Como depositarias de los conocimientos tradicionales y guardianas de la biodiversidad local, han visto cómo su modo de vida se ha visto profundamente afectado por estas transformaciones. Sin embargo, lejos de resignarse, han desarrollado estrategias de resiliencia basadas en sus conocimientos ancestrales. Al movilizar sus conocimientos tradicionales, se han comprometido con la restauración de la biodiversidad, la promoción de prácticas agroecológicas y la protección de las especies tradicionales que constituyen a la vez su identidad cultural, su base alimentaria y su farmacopea.
Contexto: conflictos y transformaciones ecológicas
La guerra de 1994 en Ruanda provocó una afluencia masiva de refugiados hacia las provincias de Kivu del Norte y Kivu del Sur, en el este de la República Democrática del Congo. Al mismo tiempo, los conflictos internos han provocado importantes desplazamientos de población dentro del país. Estos movimientos masivos han ejercido una presión considerable sobre los recursos naturales, en particular sobre los bosques, las tierras agrícolas y los recursos pesqueros.
Ante esta situación, varias organizaciones humanitarias pusieron en marcha programas de ayuda alimentaria dirigidos a las poblaciones desplazadas y a las comunidades de acogida. Estos programas se basaban a menudo en la distribución de semillas mejoradas, esquejes agrícolas o especies animales introducidas, que se suponía que aumentarían rápidamente la producción.
Sin embargo, estas intervenciones han alterado en ocasiones los sistemas agrícolas tradicionales y han favorecido la aparición de especies invasoras. La introducción de nuevas variedades vegetales o animales ha modificado los equilibrios ecológicos existentes y ha contribuido a la desaparición progresiva de algunas especies locales que antes se utilizaban en la alimentación, la medicina tradicional y las prácticas culturales de las comunidades indígenas.
Leyenda: The results of the healthy cuttings restored by the indigenous women of ‘Talent des femmes autochtones et rurales ASBL’. These 7 hectares, where the women are currently harvesting, have been allocated to 10 women’s groups, comprising 145 households that have benefited from healthy cassava cuttings; this activity is now an annual occurrence for these 145 beneficiaries, whilst a community field has also been established to serve as a distribution centre for healthy cuttings. These women, in turn, distribute the cuttings to neighbouring communities; it is estimated that two women’s groups in the Kalehe territory have now taken up the restoration of healthy cassava cuttings. These are the MUBUGU and KALIMA groups in South Kivu, in the east of the DRC. Today, women have resumed utilising the medicinal properties of this plant following its revival by indigenous and rural women. Crédito: Taylor Buzima / Talent des femmes autochtones et rurales / maharifa ya wamama vijijini ASBL)
Las consecuencias de la introducción de especies foráneas
Hay varios ejemplos que ilustran los efectos de estas introducciones en los ecosistemas locales:
En el año 2000, la distribución de esquejes de yuca por parte de una organización internacional fue sustituyendo progresivamente a las variedades locales que se cultivaban desde hacía generaciones. Esta transformación agrícola provocó la desaparición gradual de algunas variedades tradicionales que no solo tenían valor alimenticio, sino también importancia medicinal, sobre todo para prevenir la anemia y otras enfermedades.
En total, han desaparecido unas siete variedades locales de yuca, entre ellas Nambeere, Nakasusanya, Namusunya, Namafuta, Nambiyo Biyo, Nangunga y Nakabumbwa. Esta pérdida ha mermado la seguridad alimentaria y ha reducido la diversidad genética de los cultivos locales.
En 2012, un programa de distribución de tilapias destinado a apoyar la piscicultura local provocó otra perturbación ecológica. Los peces introducidos dieron lugar a alevines conocidos localmente como «Kavimba», que se alimentan de los huevos del pez «Birombi», una especie local muy apreciada en la alimentación y la cultura de las comunidades indígenas.
En 2015, la introducción de nuevas variedades de plátano también provocó la aparición de una enfermedad denominada «Kabungu» en la lengua local. Esta enfermedad provoca el amarilleamiento de las hojas, la pudrición de las plantas y la destrucción progresiva de las plantaciones. Las comunidades locales disponen de pocos medios para combatir eficazmente esta enfermedad.
Estas transformaciones han tenido importantes consecuencias para la seguridad alimentaria y la estabilidad económica de los hogares indígenas. Sin embargo, también han suscitado una toma de conciencia en las comunidades, que han comenzado a replantearse la importancia de preservar las especies locales y proteger sus sistemas agrícolas tradicionales.
Recuperar las variedades tradicionales de yuca
Ante estos retos, la organización «Talent des Femmes Autochtones et Rurales» ha puesto en marcha varias iniciativas destinadas a recuperar la biodiversidad agrícola local.
Una de las medidas más importantes consistió en reintroducir variedades tradicionales de mandioca que habían desaparecido casi por completo. Estos esquejes se recuperaron gracias a las mujeres mayores de la comunidad, que habían conservado algunas variedades en sus propios campos y no habían adoptado por completo los esquejes introducidos por los programas externos.
Estas mujeres, auténticas guardianas de las semillas tradicionales, habían conservado en sus parcelas dos variedades importantes: Nambiyo Mbiyo y Nakabumbwa. Estas variedades destacan por su potencial medicinal y su resistencia a ciertas enfermedades destructivas que afectan a las variedades introducidas.
Con el fin de recuperar estos cultivos, se organizó una misión de evaluación comunitaria para comprender las causas de la escasez de alimentos y la baja producción observadas en las aldeas. Tras esta evaluación, se llevaron a cabo actividades de sensibilización para fomentar la conservación de las semillas tradicionales y recordar su importancia cultural.
Asimismo, se han puesto en marcha actividades de selección y multiplicación de esquejes con el fin de reponer progresivamente las reservas de semillas tradicionales. Gracias a estos esfuerzos, se han podido conservar dos variedades y reintroducirlas en los sistemas agrícolas locales: Nambiyo Mbiyo y Nakabumbwa.
El regreso de estas variedades ha tenido varios efectos positivos. Ha permitido aumentar la producción agrícola, mejorar el poder adquisitivo de las mujeres y fortalecer la economía local. También ha contribuido a preservar la farmacopea tradicional utilizada para el bienestar de las familias y las comunidades.
Los estanques piscícolas ecológicos y la soberanía alimentaria
Paralelamente a la recuperación de los cultivos tradicionales, las mujeres indígenas han creado estanques piscícolas ecológicos con el fin de reforzar la seguridad alimentaria de las comunidades.
Estos estanques se basan en un enfoque agroecológico que combina la agricultura y la piscicultura. Las actividades agrícolas se llevan a cabo en torno a los estanques y los residuos vegetales procedentes de la agricultura se transforman en abonos orgánicos que se utilizan para alimentar a los peces y enriquecer los suelos.
Se da prioridad al uso de abonos orgánicos para evitar la introducción de productos químicos que puedan alterar los ecosistemas e introducir nuevas especies invasoras. Este enfoque contribuye a mantener las semillas tradicionales y a preservar el equilibrio ecológico de los sistemas agrícolas.
Estos estanques desempeñan un papel importante en la soberanía alimentaria de las comunidades indígenas. Permiten diversificar las fuentes de alimento y sostener una bioeconomía local basada en la valorización de los conocimientos tradicionales. Esta bioeconomía refuerza el vínculo entre la cultura, la biodiversidad y los modos de vida indígenas.
El papel cultural del pez Birombi
El pez birombi ocupa un lugar especial en la cultura de las comunidades indígenas. Esta especie se asocia con la solidaridad y la cohesión social. Según las tradiciones locales, cuando la cohesión social es fuerte, las poblaciones de birombi son abundantes. Por el contrario, cuando las familias están divididas, estos peces se vuelven más escasos.
Las prácticas pesqueras también están reguladas por normas culturales. Por ejemplo, se desaconseja el uso de armas blancas, como cuchillos o machetes, para capturar estos peces, con el fin de evitar su extinción. Además, cuando los peces inician sus migraciones estacionales, se debe informar a todas las familias. Mantener esta información en secreto se considera una falta de solidaridad y puede acarrear consecuencias sociales o espirituales para la persona en cuestión.
Gracias a las iniciativas de piscicultura comunitaria, las poblaciones de Birombi han ido mejorando progresivamente. Los estanques piscícolas permiten domesticar ciertas especies y garantizar su presencia en los sistemas alimentarios locales.
Cuando se abren los estanques para la captura de los peces maduros, las familias se reúnen para repartirse la cosecha. Estos momentos de captura colectiva refuerzan la solidaridad y contribuyen a consolidar la unidad de la comunidad.
Las anguilas y las normas culturales
Para combatir la proliferación de los alevines de Kavimba, algunas comunidades han introducido la cría de anguilas, que son depredadores naturales de estos alevines. Las anguilas son originarias de la región, pero su consumo está sujeto a ciertas normas culturales.
En varias comunidades indígenas, el consumo de anguilas se reserva tradicionalmente a los jóvenes que acuden a formalizar su compromiso matrimonial ante la familia de la joven. Este gesto simboliza el respeto y el compromiso del futuro esposo hacia la familia de su pareja. Por este motivo, las jóvenes no suelen consumir este pescado.
Estas normas culturales han limitado durante mucho tiempo el uso de las anguilas en los sistemas alimentarios. Sin embargo, su papel ecológico en la regulación de las especies invasoras ha llevado a algunas comunidades a fomentar su presencia en los estanques piscícolas. Restaurar los suelos y reforzar la cohesión comunitaria.
Las iniciativas llevadas a cabo por las mujeres indígenas también han contribuido a mejorar la fertilidad de los suelos. El agua de los estanques piscícolas facilita el riego de las tierras agrícolas, mientras que los residuos agrícolas se transforman en abono orgánico. Esta transformación de los residuos vegetales permite enriquecer los suelos de forma natural y aumentar su productividad.
Estas iniciativas también han reforzado la cohesión comunitaria. Las actividades agrícolas y piscícolas se llevan a cabo de forma colectiva, y las decisiones relativas a la gestión de las cosechas y al uso de los beneficios se toman de manera participativa.
El reparto de las cosechas constituye un momento importante de solidaridad. Cada familia recibe una parte de la producción, lo que refuerza el sentimiento de pertenencia y fomenta una gestión colectiva de los recursos naturales.
Una lección sobre resiliencia ecológica
La experiencia de las mujeres indígenas de Kivu del Norte y del Sur demuestra que los conocimientos tradicionales pueden desempeñar un papel fundamental en la restauración de los ecosistemas y la protección de la biodiversidad.
Gracias a sus conocimientos ancestrales, estas mujeres han logrado recuperar ciertas variedades agrícolas, reforzar la seguridad alimentaria de sus comunidades y reconstruir formas de solidaridad social en torno a la gestión colectiva de los recursos naturales.
Esta experiencia demuestra que las comunidades indígenas no solo son víctimas de los cambios ecológicos, sino también protagonistas fundamentales en la protección de la biodiversidad. Su experiencia nos ofrece una lección importante: las soluciones sostenibles a las crisis ecológicas pasan por el reconocimiento y la valorización de los conocimientos tradicionales, así como por la participación activa de las comunidades que viven en estrecha relación con sus territorios.


