Como Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar (RDM), integrada por mujeres de 11 territorios y 5 pueblos originarios de mar en Chile —Diaguita, Chango, Mapuche Lafkenche–Williche, Kawésqar y Yagán—, desde 2024 impulsamos un proceso de monitoreo biocultural comunitario. Este camino nace de la relación profunda que nuestros pueblos mantienen con el mar y los ecosistemas que sostienen nuestras culturas, pero también de un contexto de creciente presión sobre territorios costeros y amenazas a los derechos de los pueblos originarios. 

Cuando hablamos de monitoreo biocultural comunitario, nos referimos a una forma de participación que responde a necesidades locales de información sobre el estado del territorio, sus especies, bienes comunes, oficios y prácticas. Se ha convertido en una herramienta concreta de gobernanza, que permite sostener procesos territoriales, defender sus espacios costeros, cuidar la biodiversidad y participar activamente en las decisiones que afectan los territorios. 

Desde esta mirada, para nosotras, el monitoreo no consiste únicamente en medir o registrar. Es una forma de observar y comprender lo que ocurre en los territorios desde nuestros saberes y formas de habitar. En este proceso, el monitoreo biocultural fortalece los saberes como base de la ciencia indígena y sistemas de conocimiento propios, promoviendo la participación intergeneracional y ampliando las formas de comprender el territorio más allá de los enfoques tradicionales. Articulamos saberes ancestrales con herramientas técnicas como una manera de defender el mar, proteger la vida comunitaria y resguardar prácticas que sostienen nuestra relación con el entorno. 

Este relato colectivo reúne las reflexiones de mujeres de la Red que participan en acciones de monitoreo biocultural en distintos territorios de Chile, desde el desierto de Atacama hasta el sur austral: Caleta Chañaral de Aceituno, Punta de Lobos, Trewako y Lago Budi, San Juan de la Costa, Walaywé, Chaitén, Wapintu Quinchao, Quellón, Yagán Usi y Kawésqar Waes. 

 La pregunta que orienta este estudio es sencilla, pero profunda: ¿qué ha significado para nosotras y para nuestros territorios el monitoreo biocultural comunitario? 

Saberes propios y monitoreo

Este enfoque se sostiene, en primer lugar, en los saberes propios de los pueblos originarios, que orientan la forma en que observamos, comprendemos y cuidamos nuestros territorios. 

Para nosotras, los pueblos originarios siempre hemos sido observadores de nuestros territorios, atentos a sus cambios y transformaciones. Nuestros saberes van más allá de la medición de la naturaleza. El monitoreo es una práctica de cuidado de la vida, que nace desde la memoria y la relación profunda que sostenemos con los territorios, los mares y los seres que los habitan. 

Este proceso se nutre en conocimientos transmitidos de generación en generación, que forman parte esencial de nuestra identidad como pueblos. Durante el monitoreo, estos saberes se articulan con herramientas técnicas para fortalecer nuestra capacidad colectiva de comprender y proteger el territorio. Como lo expresa una de las coordinadoras: 

«Esta ciencia ciudadana es cuidar la vida desde la experiencia, fortalecer la identidad territorial y asegurar que ese conocimiento siga vivo para las futuras generaciones».

Coordinadora, Territorio Chaitén, marzo 2026

Estas acciones reafirman el valor de los saberes comunitarios que orientan nuestras prácticas de cuidado y nuestras decisiones colectivas. Esto implica entender el territorio como un espacio vivo, tejido de historia, memoria, espiritualidad y relaciones que debemos resguardar. Como señalan desde el territorio: 

«Es fundamental para construir un diálogo territorial basado en la colaboración, donde los saberes originarios sean reconocidos y valorados como un lenguaje esencial para comprender la naturaleza y sostener prácticas de cuidado».

Monitora, Territorio Quellón, marzo 2026

Para que estos procesos sean respetuosos, es fundamental considerar los tiempos y protocolos propios de cada comunidad, resguardando que cualquier intervención externa dialogue con las realidades locales. Por ejemplo, pedir permiso y generar acuerdos antes de avanzar: 

«Nosotras siempre tenemos que pedir permiso primero, hay que explicar varias veces para qué queremos ese permiso, y sin que ellos nos autoricen también sería una falta de respeto».

Monitora, Territorio Budi, marzo 2026

Imagen: ​​​​Indigenous women undergoing training in the physical and chemical monitoring of freshwater as part of the community-based biocultural monitoring programme. Crédito: Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar / Graciela Escorza P.

Monitorear desde la relación con la naturaleza

Estos saberes no se quedan en lo conceptual, sino que se expresan en la práctica cotidiana del monitoreo en los territorios.  

Las acciones de monitoreo se desarrollan en terreno, en contacto directo con las aguas, el mar, los bosques y los espacios donde se sostiene la vida comunitaria. Nos han permitido reconectar con el territorio, poner en valor nuestros saberes y fortalecer nuestro rol como cuidadoras desde una relación activa con la naturaleza.  

El aprendizaje de metodologías de ciencia comunitaria y el uso de instrumentos técnicos (GPS, Kit de monitoreo de agua dulce y sensor multiparamétrico) ha sido una experiencia movilizadora. Nos ha permitido abrir nuevas formas de observar y comprender el territorio, reafirmando nuestro compromiso con su cuidado y defensa. 

En este caminar, resguardar nuestros territorios es también cuidar la vida que en ellos habita y se expresa. Nuestros espacios de recolección, pesca, los sitios espirituales y la biodiversidad marina forman parte de la vida comunitaria y nuestras prácticas. 

En los territorios, las monitoras han revisado la calidad del agua en lugares donde crecen plantas medicinales fundamentales para la salud comunitaria. El estado de estas aguas afecta directamente en la vitalidad de las plantas y la posibilidad de sostener las medicinas y oficios. Esto nos muestra que los cambios en el entorno no son sólo ambientales, sino que impactan directamente nuestra autonomía y prácticas de cuidado. 

Así, el uso de metodologías simples y accesibles como mapeos comunitarios que integran prácticas, memorias, biodiversidad y amenazas ha permitido constatar el buen estado de las fuentes de aguas, lo que refuerza la importancia de su protección. En algunos casos, el monitoreo ha surgido de preocupaciones concretas, como la calidad del agua de uso diario:  

«[…] decidimos monitorear nuestra propia agua, la que utilizamos día a día, que no está clorada y sobre la cual a veces teníamos dudas respecto a su pureza. Los resultados mostraron que se encontraba en buen estado, lo que fue muy importante para nosotros».

Monitora, Territorio Wapintu Quinchao, marzo 2026

Lo que cambia en nuestros territorios

A partir de estas experiencias en terreno, el monitoreo va transformando la manera en que las comunidades se organizan y relacionan con los territorios. El monitoreo biocultural comunitario tiene un significado profundo a nivel personal y colectivo, especialmente para mujeres en territorios aislados, rurales e insulares.  

Hemos aprendido que, para que estos procesos sean realmente pertinentes, es fundamental que se reconozcan y respeten plenamente la cosmovisión de cada pueblo originario, integrando activamente a la comunidad en todas sus etapas: 

«Esto implica no solo una participación informativa, sino una participación vinculante, donde nuestras opiniones, conocimientos y prácticas sean considerados como un eje central del proceso».

Coordinadora, Territorio Chango, marzo 2026

A través de estas experiencias, se fortalecen vínculos y se reactiva la articulación entre personas y organizaciones locales. El monitoreo deja de ser solo una práctica técnica y se transforma en un catalizador de conexión: con nuestro territorio, con sus ritmos, y entre nosotras, reafirmando que el cuidado es una responsabilidad colectiva. 

Monitoreo para la toma de decisiones y las defensas 

Estos procesos también tienen efectos concretos en la toma de decisiones y en la defensa de los territorios. 

El monitoreo biocultural aporta información para comprender cambios, proteger ecosistemas clave como el agua y anticipar riesgos.  

Así se vuelve una herramienta clave para la defensa territorial:  

«Es fundamental para construir un diálogo territorial basado en la colaboración, donde los saberes originarios sean reconocidos y valorados como un lenguaje esencial para comprender la naturaleza y sostener prácticas de cuidado».

Monitora, Territorio Quellón, marzo 2026

Asimismo, permite fortalecer la autonomía comunitaria: 

«… aporta a la autonomía de la comunidad, ya que somos nosotros mismos quienes generamos y resguardamos la información».

Monitora, Territorio Yagán Usi, Marzo 2026

En conjunto, estas experiencias muestran que el monitoreo no sólo entrega información, sino que fortalece la capacidad de las comunidades para proyectar sus territorios desde sus propias decisiones. Las comunidades aportan soluciones concretas para la conservación de la biodiversidad desde sus propios sistemas de conocimiento. 

Este proceso también ha sido valorado desde lo personal: 

«Me llena de alegría porque tengo una herramienta en mis manos que podemos utilizar en procesos a favor del pueblo».

Monitora, Territorio Kawésqar, marzo 2026

A partir de estas reflexiones, construimos una nube de palabras que recoge lo que ha significado este proceso para nosotras, mostrando cómo el monitoreo nace del encuentro entre saberes, siempre desde nuestros territorios y formas de vida.

Autora

Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar

Organización / grupo / comunidad

Pueblos diaguita, chango, mapuche lafkenche-williche, kawésqar y yagán

​​​Nube de palabras que recoge lo que ha significado este proceso para nosotras

Imagen: ​​​Nube de palabras que recoge lo que ha significado este proceso para nosotras. Crédito: Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar

Frente a este escenario, hemos fortalecido herramientas colectivas para el cuidado y la gestión de nuestros territorios, incluyendo figuras como los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO), que han permitido avanzar en el resguardo de nuestras prácticas y en formas de administración sostenible. 

El monitoreo biocultural es una forma de ejercer nuestros derechos, sostener la memoria y defender el mar desde nuestros saberes, prácticas y formas de vida. Porque defender el mar es defender la vida, y en esa defensa seguimos firmes, articuladas y en resistencia. 

Agradecimientos 

El presente artículo se ha realizado gracias a la colaboración de todas las mujeres de pueblos indígenas agrupadas en la Red de Mujeres Originarias por la Defensa del Mar. Queremos destacar especialmente los aportes de las compañeras del Pueblo Chango, Yasna Marin Álvarez del Territorio Caleta Chañaral de Aceituno; del Pueblo Mapuche, Pamela Mayorga Caro del Territorio Chaitén, Mirta y Verónica del territorio Walaywé, Raquel Mansilla del Territorio Wapintu Quinchao y Carla Soto Ampuero del territorio de Quellón; Juana Olga Blanco del Territorio Trewako e Isolina Huerapil Chehuín del territorio Budi; del Pueblo Yagán, Natalia Valderas Chiguay del Territorio Yagán Usi; y del Pueblo Kawésqar, Cecilia Caro y Haydee Águila del territorio Kawésqar Waes. Su sabiduría y compromiso han sido fundamentales para esta reflexión colectiva. 

En cada una de ellas habita la fuerza de sus pueblos, la memoria de sus ancestras y el compromiso profundo con la defensa del mar y de la vida. Sus palabras y experiencias sostienen esta reflexión colectiva, que no solo se escribe, sino que se vive, se cuida y se proyecta hacia las generaciones que vienen.

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